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Otero Alcántara y los terraplanistas sociales

Que Alcántara, al fin y al cabo recadero de turno de los de siempre, vuelva a montar su puesta en escena me molesta, pero no me sorprende. Que otros vuelvan a creerse la farsa, no es que me sorprenda, y algunos lo logran, es que me da vergüenza ajena

Que Alcántara, al fin y al cabo recadero de turno de los de siempre, vuelva a montar su puesta en escena me molesta, pero no me sorprende. Que otros vuelvan a creerse la farsa, no es que me sorprenda, y algunos lo logran, es que me da vergüenza ajena.

Anoche, hablando con un amigo lúcido, me decía de los terraplanistas, y ellos me lo recuerdan. No importa la abrumadora montaña de evidencias que les presenten; para ellos, creer que la tierra es plana sobrepasa toda racionalidad.

A estos terraplanistas sociales no les importa que la falsedad del drama se repita una y otra vez. Vuelven a jugar su papel en el montaje, vuelven a escribir cartas preocupados por la vida del huelguista que no deja de comer, responsabilizan al Estado de la muerte que no ocurre, defienden al asalariado como la virgen vestal del arte que nunca ha sido.

Para estos terraplanistas sociales no hay pandemia, no hay muertos a diario por la terrible dolencia, no hay peligro de descontrol epidémico. El derecho a reunirse en tumulto público, para vociferar en defensa del ayunante que no adelgaza, pero que cobra en el imperio, está por encima de ello, y ahí están sus particulares visiones de la Constitución, para apoyarlos.

Digámoslo de una vez: aquí lo único ético, paciente y honesto en todo esto ha sido el actuar del Estado y de la Revolución que representa, que nos representa.

Pero, ya saben, la semana que viene vendrá el próximo espectáculo degradante. Los terraplanistas sociales volverán otra vez con las cartas, con las desgarraduras de vestiduras, con las culpas a todos menos a los farsantes. Volverán a pedir el derecho de otros a vociferar mentiras en tumultos públicos, al margen de la crisis epidémica. Y el día que de verdad haya un muerto, dirán «vieron, lo habíamos advertido», porque eso es, en el fondo, lo que quieren. Aquí no hay necropoder, aquí hay necroespectáculo del tipo más carroñero.

A los terraplanistas sociales no les importa forzar la tierra plana, aunque eso signifique que se despeñen por el abismo de sus límites millones de personas. Para ellos es más importante satisfacer la vanidad de sus rencores y el inconfesable odio de sus anhelos sietemesinos.