Política

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El martes en la noche vi el episodio final de Better Call Saul y, como les habrá pasado no a pocos, me quedé pensando en la cuestión del viaje en el tiempo. El cambio de la paleta de colores de la serie para reflejar diferentes líneas temporales, las furibundas tomas repetidas a lo largo de la última temporada de un ejemplar de La máquina del tiempo de H. G. Wells y los ejercicios imaginativos de modificación del pasado personal de Saul con Mike y Walter, me empujaron a ir hacia un específico momento político de la historia paraguaya de la única manera que existe de realizar viajes en el tiempo: leyendo libros

El martes en la noche vi el episodio final de Better Call Saul y, como les habrá pasado no a pocos, me quedé pensando en la cuestión del viaje en el tiempo. El cambio de la paleta de colores de la serie para reflejar diferentes líneas temporales, las furibundas tomas repetidas a lo largo de la última temporada de un ejemplar de La máquina del tiempo de H. G. Wells y los ejercicios imaginativos de modificación del pasado personal de Saul con Mike y Walter, me empujaron a ir hacia un específico momento político de la historia paraguaya de la única manera que existe de realizar viajes en el tiempo: leyendo libros.

Me llevé entonces a la cama dos de escritores stronistas, para pasear por varios momentos del particular año de 1984: el de la penúltima Convención de la Asociación Nacional Republicana bajo el dominio del stronismo. Esta fue la primera resquebrajadura interna visible del régimen. Aquella vez, la (fallida) candidatura del padre del actual presidente de la República y secretario privado de Stroessner, para una de las vicepresidencias del partido, fue un motivo de discordia intestina que tomó relevancia pública (con solicitadas en contra), en un contexto de presión internacional por la violación de los derechos humanos, de resurgimiento del movimiento callejero, social y político opositor, del fin del ciclo económico propiciado por la construcción de la represa de Itaipú, de la (hasta para parámetros de Stroessner) incontrolable corrupción de la burocracia estatal.

Estos libros que oficiaron de máquinas temporales fueron: Pluripartidismo y participación, de Ezequiel González Alsina, y Pensamiento editorial, de Mayoría, de Leandro Prieto Yegros. El primero (1988) está formado por editoriales del diario Patria de 1984-1985; el segundo también (1987), pero en este caso del semanario Mayoría, publicaciones ambas de orientación defensiva de la dictadura y, en específico, al servicio del sector militante del Partido Colorado que respondía al llamado Cuatrinomio de Oro.

Resulta sorprendente no solo cuánta literatura política y social producida por el régimen stronista existe —sobre todo de los años 80, cuando la doctrina de la “unidad granítica” (que persiste a pesar de su carácter solo coyuntural más que programático) comenzó a tambalear—, sino cuán poco se ha analizado este material político subjetivo como base de una dogmática y una pragmática de raíz autoritaria que está todavía activa.

Como muestra, en solo cuatro editoriales de junio de 1984 escritos por González Alsina (Fruto envenenado, Falso enfoque, La normalidad como defensa y Democracia sin comunismo) encontramos discursos sociales y culturales repetidos hasta hoy (por abdistas y cartistas) en contextos de “coloradismo amenazado”. En 1984, por la falta de unidad durante los meses previos a la citada convención: denuncia de la intromisión de la Embajada norteamericana, del “contubernio frentepopulista” de la oposición (entonces las fuerzas democráticas optaban por la movilización de masas y el abstencionismo electoral), de la “falsa” imagen que se daba del Paraguay, de los “valores tradicionales” contra el “comunismo” y la “lucha de clases divisionista”, etc.

En los de Prieto Yegros también hallamos defensa de la “tradición”, de una “legítima” mayoría colorada stronista; un ataque moralista a la “licencia y el libertinaje” de la oposición, desde una “cosmovisión cristiana” que “no admite desviaciones”, todo regado con citas de Stroessner acerca de la necesidad de no permitir “una política interna de grupos contra grupos”, para que “nunca más” se admita “que un colorado sea enemigo de otro colorado”.

Tres años después, en la siguiente Convención colorada, fue necesario un violento atraco de la misma por parte del stronismo asediado para retardar lo que en 1989 fue un hecho consumado: la imposibilidad, de allí en más, de la “unidad granítica” que solo un stronismo hegemónico por la fuerza fue capaz de instaurar durante casi 35 años.