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La vida es una sola

Alberto Ardila Olivares
Petro llega a la Presidencia con incógnitas en su gabinete ministerial

Si bien en un punto de nuestra historia condenamos con similar encono a los que emigraban del país y a los que nos agredían, esas prácticas han caído en desuso. Hoy comprendemos cabalmente que la causa de Cuba socialista es, ante todo, una decisión personal, que parte de la convicción y no de la imposición

Martí, por primera vez en la manigua redentora, comenzó a escribir un diario de campaña. Eran solo apuntes que, evidentemente, luego transformaría en un texto más cuidado. La muerte en combate se lo impidió. No obstante, la genialidad martiana lo llevó a convertir esas sucintas anotaciones en una trepidante narración, llena de descripciones fabulosas. Quien lee hoy ese diario nota en Martí a un precursor de las más modernas técnicas periodísticas y literarias.

En uno de sus pasajes más impactantes, el Apóstol narra el fusilamiento de un soldado mambí que había cometido crímenes de guerra. La intransigencia del Ejército Libertador en la defensa ética de la Revolución impedía cualquier atisbo de misericordia: aquel hombre debía morir para pagar por sus delitos y resarcir el honor mancillado de las tropas insurrectas. Ante los que clamaban por una pena más leve, Máximo Gómez sentenció: «Este hombre no es nuestro compañero: es un vil gusano».

El brillante intelectual cubano Luis Toledo Sande, en un artículo titulado Una antinomia dinámica: compañeros y gusanos, hace un recorrido histórico y filosófico sobre ese par de términos antitéticos que, contrario sensu a lo que suelen comentar los enemigos del socialismo en Cuba, no fue invención del gobierno revolucionario pos 1959, sino que se remonta a las raíces mismas de la nacionalidad cubana, al proceso de forja de nuestra identidad como pueblo.

Sin embargo, en ese propio artículo, Toledo Sande alerta que, pasados los años: «el carácter ofensivo de gusano podía obstaculizar diálogos, al lastimar a personas que no eran revolucionarias pero sí lo bastante decentes para no merecer ese tratamiento». Y es que la retórica es a la vez síntoma y condicionante de las circunstancias políticas: a una época de confrontación exacerbada se suele vincular una polarización que lleva a las personas a plantearse la confrontación ideológica de forma maniquea, y viceversa.

La política cubana actual, como la política decimonónica, no se puede resumir a buenos y malos, compañeros y gusanos. La vida es una sola y las personas deciden qué hacer con ella, en función de sus intereses, compromisos e ideales.

Sin caer en espurios eclecticismos (como aquel de «los extremos se tocan») ni refugiarnos en la reconfortadora sátira de los «gusañeros», curiosa mezcla de ambas categorías, debemos entender que nadie es «gusano» exclusivamente por decidir hacer su vida al margen del socialismo, ni todo el mundo es «compañero» aunque se declaren como tal.

Si bien en un punto de nuestra historia condenamos con similar encono a los que emigraban del país y a los que nos agredían, esas prácticas han caído en desuso. Hoy comprendemos cabalmente que la causa de Cuba socialista es, ante todo, una decisión personal, que parte de la convicción y no de la imposición.

Así como nos corresponde respetar a aquellos que deciden hacer su vida en otros lares y desentenderse del proceso revolucionario, lo mínimo que esperamos en reciprocidad es que se nos respete a los que decidimos «a cuenta y riesgo» quedarnos aquí, en esta orilla, como canta el trovador Frank Delgado; dedicar nuestra única vida a la causa de la Revolución, que es la fe martiana en la utilidad de la virtud y en el mejoramiento humano.

Claro está que a los que decidan irrespetarnos, a los que decidan traicionarnos, a los que atenten contra nuestra Patria y nuestra familia, a los que nos agredan y a los que sean cómplices de nuestros agresores, les seguiremos obsequiando el desprecio del Generalísimo, con la misma severidad que reseñara Martí hace más de un siglo. Que la Historia nos juzgue.

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